HOY EN ZUMBA... Capítulo 0

ASÍ SE GESTÓ “HOY EN ZUMBA” (aka “HOY EN ZUMBA… Capítulo 0”).

 

Este relato está dedicado a mi No Alumna favorita, Eva Bonilla. Si bien no está escrito en tiempo real, para mantener el mismo estilo literario que en el resto de relatos será narrado en presente.

 

 

1) Mi chica lleva mucho tiempo intentando convencerme y engatusarme para que me meta en alguna actividad. Ella lo va a hacer. Igual pretende que la acompañe para que no le entre pereza. Ir a una actividad supone un pequeño esfuerzo, sobre todo los primeros días y sobre todo si vives en una zona donde hace mucho frío. Es tanto lo que insiste que finalmente me comprometo a probar.

 

2) Mi chica me habla de la ciudad deportiva. Ella ha ido allí a diversas actividades y ahora quiere apuntarse otra vez. Como golosina me ofrece varias alternativas atractivas. Me habla de aguagym, natursalud, pilates, yoga, taichí… Ninguna de esas actividades me resulta atractiva. Mi hijo me dice que puedo ir con él al gimnasio y toda la piel se me eriza. Para un palindromista de peso pluma, un gimnasio es como la casa de los miedos.

 

3) Finalmente le hago una contrapropuesta a mi chica. Se trata de la actividad que me parece más atractiva, pues en mi cabeza se está fraguando una idea.

-Quiero apuntarme en zumba.

-¿En zumba? –pregunta mi chica-. Vale, pues probemos zumba.

La idea que se está fraguando en mi cabeza es relatar las anécdotas, sensaciones y avatares del día a día en las clases. Si esos relatos son seguidos por mis amigos facebooksianos, eso me dará un estímulo para poder seguir yendo a las sesiones. Sin relatos, posiblemente me canse de zumba al primer o segundo día.

 

4) El lector más perspicaz se estará preguntando por qué zumba. Es muy sencillo. Creo que un relato titulado “HOY EN ZUMBA…” suena como más poético y atractivo que uno titulado “HOY EN YOGA…”. Me da la impresión de que, si fuera a clases de yoga, mis relatos solo serían leídos por las personas más caritativas y compasivas.

 

5) Llegamos a clase de zumba. La monitora nos mira muy extrañada. Todas las chicas nos miran muy extrañadas. Bueno…, me doy cuenta de que es a mí a quien miran muy extrañadas. Mi chica queda al margen de esas miradas, si bien saben que vamos juntos. La monitora expresa en alto lo que todas piensan. A su manera, da a entender que nos hemos equivocado de aula.

-Miren… Esto es zumba, ¿eh?

-Sí, ya –respondemos al unísono mi chica y yo.

-¡Ah, bueno! Pues por mí encantada. Estupendo.

 

6) Comienza la clase. Mi chica, que ha estado en baile y otras actividades similares, aporta un poco de dignidad a nuestra presencia, pero yo la descompenso moviéndome siempre en dirección contraria al resto. Aparte de moverme en dirección contraria, me veo en el espejo y me asombro. ¡Todo el mundo baila y se remenea menos yo! Yo camino, corro, chapoteo, salto sin coordinación, choco, pido perdón, vuelvo a chocar, me bloqueo, tropiezo… Soy el más torpe de todos. El torpe entre los torpes.

 

7) La monitora no tiene misericordia. No para, no quiere enseñarme el mínimo común múltiplo de los pasos de zumba. Al contrario, quiere ningunearme.

-¡Vamos, chicas, muy bien!

Ahora sí que hemos dado un paso hacia los infiernos. Ya no me siento EL más torpe entre LOS torpes. Ahora me siento LA más torpe entre LAS torpes.

 

8) Salgo de allí con la sensación de que ellas creen que me han vencido. Me miran y sonríen. Piensan que me voy a rendir y que no volveré. Al fin y al cabo, la primera sesión siempre es gratuita, solo de prueba. Creerán que no pagaré por algo tan fulminante.

 

9) En mi casa soy sometido a una de esas pruebas por las que todo ser humano pasa alguna vez en su vida. Sí, querido lector. Una prueba muy dura. Cuando tienes que tomar una decisión, cuando estás indeciso y ocurre algo que parece que va a desequilibrar la balanza, pues te lo están poniendo fácil. Se trata de mi chica. Mi chica ha cambiado de idea. Mi chica no va a volver a zumba, porque se va a apuntar a otra actividad diferente. ¡Y en un sitio diferente! No va a regresar a la ciudad deportiva.

 

10) Estarás pensando, querido lector, que la ausencia de mi chica hará desequilibrar la balanza hacia una decisión que implique que yo tampoco regrese a zumba. Si piensas así estás muy confundido. Al contrario. Regresar a zumba solo, sin apoyos emocionales, siendo el enemigo común (mejor dicho, la enemiga común) del resto, es muchísimo más atractivo para poder aportar cosas a mis relatos. El próximo día iré a zumba yo solo y pagaré la mensualidad.

 

11) Antes de tomar la decisión definitiva, tras pedir cita previa, lo consulto con mi traumatólogo. Mi traumatólogo es un elemento indispensable. Él tiene que darme el certificado, el visto bueno. Sin su autorización no pienso ir a zumba. Le cuento mis intenciones y se marca una sonrisa burlona.

-Te va a venir bien el zumba porque vas a ver muchos culos. Allí solo hay mujeres.

No le replico nada al traumatólogo por dos razones fundamentales. La “a” y la “b”.

a) Desde pequeño tengo una especie de respeto/veneración por los médicos. Los médicos son esas personas que pueden curarte o desgraciarte la vida. Un médico te puede joder psicológicamente con una simple palabra envenenada.

b) Nunca replico ni discuto con un cavernícola. Los cavernícolas forman una de las especies más codiciadas por la inspiración de un escritor socarrón. Yo soy un escritor socarrón. Yo tengo algunos cavernícolas de manual en la trilogía “Palíndromo”.

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© 2017 por Carlos Felipe Martell

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