Hoy en Zumba... Capítulo 1

Acabo de llegar y estoy reventado. Necesito reponer, alimentarme, pero un contador de relatos tiene que hacer lo que tiene que hacer. Y lo primero es relatar. Sobre todo para agradar a aquellos que se han leído alguna de mis novelas. El resto de personas deben sentirse ninguneadas por mí.


 

1) Voy a mi traumatólogo para pedirle el visto bueno. Su opinión es importante para mí. Quiero su permiso para hacer zumba.


 

2) Mi traumatólogo, que sabe que en zumba solo hay mujeres, me dice que me va a ir bien porque voy a ver muchos culos. Así, tal cual. Esto me hace feliz y me pongo contento.

No, no es lo que parece. No me pongo contento por ver muchos culos. Me pongo contento porque llego a una conclusión importante: los cavernícolas no solo están en las universidades. También los hay entre la comunidad médica.


 

3) Llego a zumba. Las mujeres que estaban en mi primer día sonríen. Parecen alegrarse por el hecho de que no me haya rendido a la primera. También la monitora parece contenta.


 

4) Empieza el baile. Las coreografías son satánicas. Sí, sí, satánicas. Ellas hacen unos juegos de pies y yo me mareo viendo cómo se mueven esos pies. Del mareo, tengo que sentarme para no caer al suelo. Luego ellas hacen un giro a la derecha mientras yo lo hago a la izquierda. Luego, en un minidescanso, les comento que yo giro al revés para completar un palíndromo, pero me miran como si oyeran a un loco. En cuanto a las manos, paso de las manos. Primero quiero mover los pies durante algunas semanas para ver si pillo algo. Esto es duro. Muy duro. Me trastabillo constantemente.


 

5) En la puerta hay un señor que no deja de mirar.


 

6) Comienza el jueguecito de caderas. Me contorsiono como una serpiente y consigo posturas con las que jamás soñé. Estoy orgulloso.


 

7) Termina la actividad. El señor de la puerta se me acerca con un lenguaje agresivo, o eso parece. Creo que es un conserje, pues estamos en una ciudad deportiva y no lleva ropa adecuada para hacer ningún deporte. Me pregunta que a qué hora y qué días estoy yo allí. Por el tono, es como si me estuviera interrogando. Se me pasa por la cabeza que igual piensa que me he colado, o que soy un pervertido enviado por mi traumatólogo para ver culos. El señor me explica que "ahora sí", que lleva años viendo zumba y que quiere apuntarse, pero no él solo. "Ahora somos dos", me dice, y ahora sí se va a apuntar. “¡Pero yo solo ni hablar!”, reafirma con un grito. Otro cavernícola. Se me ocurre preguntarle si tiene parentesco con mi traumatólogo, pero me contengo.

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© 2017 por Carlos Felipe Martell

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