Hoy en Zumba... Capítulo 2

May 14, 2018

Introducción.


 

Hoy ha sido un día agotador en el trabajo. He recibido una puñalada trapera de mi empresa. Mis amigos del Facebook saben que yo, además de profesor y palindromista, soy escritor, cliente VIP de Mercadona y practicante de zumba. Pues bien, con un desprecio impropio de una institución seria, la empresa que me paga, la Universidad de La Laguna, ha planificado el calendario de exámenes de tal manera que me coincide el desplazamiento a Adeje el mismo día de mi clase de zumba. Lo que oyen. Lo que leen, mejor dicho. Todo un despropósito y un atentado contra la literatura, la cesta de la compra y la salud física de un peso pluma.


 

ACLARACIÓN. Como tengo aquí a mucha gente que no controla Tenerife, decir que un desplazamiento a Adeje es casi como cruzar los Estados Unidos desde la costa este hasta la oeste, pero por un camino de cabras al que llaman “autopista del sur”. Hoy, además, había tantas colas en ese camino de cabras que estoy convencido de que se trata de una conspiración de la ULL hacia este humilde contador de relatos. FIN DE LA ACLARACIÓN.


 

1) Con la mente espesa y sin reflejos, llego a casa, revuelvo los armarios y apilo en la cama toda la ropa de verano, otoño, invierno y primavera. Como soy nuevo en esto del zumba, necesito encontrar la vestimenta adecuada. No quiero repetir la ropa del otro día, pues, aunque ya está lavada, podría dar la sensación de ser un auténtico jediondo. Finalmente me hago con un pantalón tipo leotardo ajustado de mi chica, una blusa de manga larga para ponerme por dentro, y una camiseta corta para fuera. Dejo la ropa preparada y guardo el resto en los armarios.


 

2) En solo diez minutos hago una redondilla (cuatro versos octosílabos con rima consonante abba) con un solo palíndromo. Es para el concurso mundial anual de palíndromos. Este ejercicio de distracción logra abrir un poco mi mente.


 

3) Me pongo la ropa. La malla de mi chica (el leotardo) me entra con dificultad, pero mi masa corporal ayuda y logro ajustármela. ¡¡¡VAMOS A ZUMBAAAAAAAAA!!!


 

4) Llego a la ciudad deportiva tiritando de frío por culpa del puto leotardo, pero la sala de clase es una auténtica sauna. Las chicas y señoras me siguen preguntando si no me he rendido. Sonríen. Parece que se alegran de que siga allí. Me coloco en el medio. Siempre me coloco en el medio, justo detrás de la monitora para intentar fijarme en sus pies. Pero… ¡Un momento! ¿Qué…? ¡¡¡El hombre del otro día!!! ¡Se ha apuntado de verdad! Está en un rincón, él solo.


 

5) Todavía no ha empezado la clase. Las alumnas miran al señor. El señor está haciendo flexiones. Muchas flexiones. Las alumnas fruncen el ceño. Miran a la monitora y vuelven a mirar al hombre. ¡Están esperando a que se vaya! Seguramente piensan que es un rezagado de una clase anterior, o un atleta mayorcito buscando notoriedad, o un tipo con una enfermedad neurodegenerativa que se ha equivocado de aula, o un pariente de mi traumatólogo... Lo señalan. Le hablan a la monitora, sin cortarse, señalándolo. “¿Y este? ¿Viene a zumba?”, dicen con sorna. La monitora asiente con la cabeza. Las alumnas alucinan.


 

6) Yo les doy la explicación a algunas alumnas. Les digo la anécdota del otro día. Se abre un debate entre ellas sobre si es lógico o no que a un hombre le dé vergüenza estar en una clase donde el resto son mujeres. Me atrevo a decirles que soy contador de relatos titulados “HOY EN ZUMBA…” en los que sale ese señor Compi-Zumbi. Me miran con suspicacia. No doy más explicaciones.


 

7) El señor se me acerca con cara de enfado. No es que esté enfadado, sino que esa es su cara. Me mira de arriba abajo. Me habla. “Ese pantalón te sienta bien”. Sonrío. También yo creo que el pantalón me sienta bien. Se me pasa por la cabeza pedirle que me haga una foto para el Facebook. Quiero que mi alumnado se sienta orgulloso por tener un profesor tan deportista. Pero me contengo. Prometí no volver a hacerme fotos ni vídeos.


 

8) ¡Empieza el baile! Voy pillando algunos pasos. ¡Sí! ¡Estoy progresando! De forma rudimentaria, vale, pero estoy progresando. Eso hace que me mueva más deprisa y que me canse más. Además, hoy hay mucha exigencia de movimiento de caderas. Mis leotardos realzan mi cintura, mis muslos y mis rodillas. ¡TUM-TUM-TA-TA-TUM-TUM-TA-TA!


 

9) El corazón se me sale por la puta boca. Tengo que parar. Me apoyo contra la pared. No es suficiente. Me deslizo pared abajo hasta caer sentado. Bebo agua. Vuelvo a beber. Estoy como si no me llegara el oxígeno al cerebro. El señor nuevo, mi Compi-Zumbi, se viene arriba. Debe pensar que yo soy un flojo y que él aguanta como un campeón.


 

10) Desde el suelo me planteo una cosa: no basta con pedir permiso al traumatólogo. Tengo que ir a un cardiólogo para que me revise y me diga si estoy haciendo lo correcto. Se me ocurre pedirle recomendación al traumatólogo, pero, si voy a un colega suyo, igual también me dice que zumba va bien por lo de los culos.


 

11) Vuelvo a incorporarme y me pego el resto de la clase de un tirón. No quiero que mi Compi-Zumbi se sienta vencedor. Bueno, no lo hago por eso. En realidad quiero que se sienta como un campeón, porque así inspira más. Me voy hacia él y le pregunto si ha pillado algunos pasos. Dice que sí, pero miente como un bellaco. Durante toda la hora ha estado más perdido que la señora del vídeo ese de “Mi primera clase de zumba”.


 

12) Salgo con una sonrisa. Cada vez progreso más. En solo tres días… A este ritmo, para las clases de zumba en E.3.1 del próximo curso no voy a necesitar ayuda.

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© 2017 por Carlos Felipe Martell

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