Hoy en Zumba... Capítulo 4

May 20, 2018

1) Hoy llego con un ligero dolor en los riñones, pero me he propuesto dar todo lo que tengo. Aparco un poco lejos y, mientras me dirijo a la ciudad deportiva, el frío me atraviesa los leotardos de los jueves. Se me ocurre que tengo que ir a “Confecciones El 99” para comprar unos pantalones más gruesos. Además, el jueves pasado, al regresar, mi chica se dio cuenta de que le había cogido sus leotardos sin permiso y me montó un escándalo. Amo tanto a mi chica que hoy pienso quitarme los leotardos en el pasillo de la comunidad, antes de entrar en casa.


 

2) Atravieso la puerta de entrada y… ¡Es Compi-Zumbi! Pero… ¿Se va?

- Hola –saludo amablemente y me siento un ciudadano ejemplar e íntegro.

- Hola. Me voy. Hoy no me quedo. Tengo mucha gripe –aclara él.

Me entristece que no se quede, pero por otro lado me alegro. No quiero que Compi-Zumbi empiece a estornudar, a escupir o a sonarse en la clase. Podría infectarnos a todos con el jodido virus de la gripe. Tiene muy mala cara. Me alejo todo lo que puedo de él y entro. Suelto el paraguas en una papelera donde hay cinco paraguas más, tres de ellos con los colores del Atlético de Madrid.


 

3) Acerco la tarjeta al lector. Se trata de una tarjeta que me dan en la ciudad deportiva para poder entrar y salir por unos tornos. Esa tarjeta es la prueba de que tú has pagado la actividad. Nada. Vuelvo a acercar la tarjeta. El escáner no hace nada. Me cabreo como un mono. Bueno, no sé si los monos se cabrean. Me cabreo como Compi-Zumbi y vuelvo a pasar la tarjetita. Nada, ni por esas. Miro hacia la chica de recepción con cara de mala leche. ¡Yo he pagado mis clases de zumba! Ella le da a un interruptor y el torno se abre.


 

4) Entro en la sala. Me miro al espejo y me veo el ceño fruncido. Soy una persona de fácil entrecejo fruncido. Sonrío para que mi entrecejo vuelva a mi posición natural. Ahora me veo sexy y atractivo. Sé que soy sexy y atractivo, pero no me gusta decirlo porque puede sonar petulante. Nunca he dicho en clase de zumba que soy sexy y atractivo.


 

5) La monitora me saluda. Yo saludo a la monitora y a las señoras de edades diversas que hay allí. Les cuento a dos de ellas que la tarjeta no me funciona.

- No te preocupes, que eso pasa a cada momento. A mí me la tuvieron que cambiar tres veces –explica una de las señoras.

Maldigo entre dientes a la ciudad deportiva, a su escáner y a sus tornos. La monitora pone la música y todo cambia. ¡Vamos, vamos, vamoooooooooooos!

Chan, charara-chachán, charara-chachán. Charara-chachán… Tum, tam tum tam chun…


 

6) La música me resulta sobrecogedora y empiezo a llorar. Una mujer, a mi lado, me mira. Me pongo a hacer fuertes ruidos con la nariz para disimular y hacerle creer que mis lágrimas se deben a un constipado. La mujer se me aleja. Seguro que tiene miedo de que le eche encima mis mocos y mis escupitajos. Me arrepiento de haberme alegrado de la ausencia del Compi-Zumbi y su gripe.


 

7) La monitora hoy está muy habladora.

- ¡Vamos, chicas! ¡Todas a derecha!

Sonrío.

-¡Chicas, yo también me confundo! ¡El paso cambiado, el paso cambiado! –explica y se ríe.

Vuelvo a sonreír. Una señora me mira con cara de pena. Sé lo que está pensando. Está pensando que la monitora tiene poco tacto por emplear el femenino.


 

8) Pausa para beber agua.

- ¡Chicas, paramos! –ordena la monitora.

La señora que me miró con cara de pena vuelve a mirarme y yo también la miro. Me esfuerzo en poner cara de pena. Quiero provocarla para que se explique. Lo consigo.

- Cuando dice eso de “chicas” es por la costumbre, no te lo tomes a mal.

- Señora, llevamos cientos de años utilizando el masculino para englobar a mujeres y hombres. A mí no me importa que se utilice el femenino. No me importa incluirme con la palabra “chicas” –le explico, pero creo que no entiende nada de lo que estoy diciendo.


 

9) Reanudamos. Me doy cuenta de que todas giran a la izquierda y yo a la derecha. Lo mismo de cada día. Debe ser por el espejo, que me confunde. Si Beyoncé me viera ahora se sentiría defraudada. Creo que debería apuntarme en clases particulares de zumba, porque con las sesiones oficiales estas no avanzo.


 

10) Empieza una coreografía con un remeneo escandaloso de culos. Si mi traumatólogo se viera en estas, se volvería loco. Yo a lo mío. Me pongo a remenear mi culito abajo y arriba. Creo que mis caderas se me están moldeando. Esa creencia hace que me venga arriba. Mis pasos, ahora sí, son un poco más precisos. Al menos le echo más brío y energía. Intento evadirme de la música para imaginar que estoy oyendo “Walk on the wild side”, de Lou Reed. Se me pone todo el vello de punta. Todo. Todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo se erizan con “lucked her eyebrows on the way, shaved her legs and then he was a she”.


 

11) Termina la música real, pero yo no me doy cuenta. Noto que todo el mundo me mira. ¡Estoy cantando! ¡Estoy cantando en alto!

“Said, hey babe, take a walk on the wild side

And the colored girls go.

Chu, churú, churú, churú-churu-chu, churú, churú, churú-churu-chu…”

Me pongo colorado, como las chicas de la canción, pero empato los “chu-churú-chu” con estornudos para disimular. Prefiero que crean que soy un peligroso portador del virus de la gripe.


 

12) Termina la clase y sigo colorado, pero debe ser también por el esfuerzo. La tarjeta funciona para salir. Observo que solo queda un paraguas del Atlético de Madrid y el mío. Se me ocurre llevarme el otro porque es más grande, pero no quiero que me confundan con un forofo.


 

13) Alguien me pregunta que si soy profesor. ¡Creo que me han pillado! Al parecer, hay un exalumno en la ciudad deportiva. Pero no ha venido nunca a saludarme. Igual le dio clase el indeseable Mi Otro Yo. Necesito saber quién es.


 

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© 2017 por Carlos Felipe Martell

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